9 de diciembre de 2012

Estribillo del último round

Niña labios-rojos,
niña-halcón corazón-rojo;

también los guantes de boxeo son rojos,
también para disimular la sangre.

1 de noviembre de 2012

Aquelarre en tu cuerpo

Ávido de sendas
recorro tus trazos y tus selvas:
cartografío tus comisuras
con ímpetu de tormentas.

Tu figura desnuda 
contonea los caminos.

Hay picas con cabezas clavadas
que la tribu de tu carne
viste como abalorios
                            - ellos 
agitan palabras con cráneo y cabellos 
para que lluevas sobre mí.

Druidas enmascarados 
preparan pinturas,
embalsaman el suelo;
queman fuman trashuman
                               hierbas
en espíritus del bosque impío 
que eres tú.

Antes de ser sacrificadas,
autóctonas criaturas deformes y hermosas
me advirtieron sobre el peligro de explorar tus heridas.

Pero yo me hundo ufano en el ritual,
hago retumbar el manantial ocioso.

Una nube áspera cruza tu pupila,
araña el orbe nocturno
recreando estelas metálicas.

Tus párpados tapan el cielo como un pétalo irreductible
de niebla en escala de grises pedantes agrios floridos.

Hasta el granate líquido aflora de tus labios.

Es la señal que espero.

El grito estalla lleno de aliento,
hace cimbrear a dentelladas
el leve material
que es la vida.

27 de octubre de 2012

Sensación de vértigo

Estira los brazos, que volarás,
tú que abarcas el mundo con el grito;
no me cabe hoy el aire en la materia
si no es para dártelo en la garganta.

Y rozarás el vientre con las nubes,
como un delfín de espuma ósea;
traes la piel colgando del cuerpo,
traes el alma agarrada por las orejas.

Naces frágil y temblorosa,
como si nada,
quitándote méritos.

Como si no me importara que
revientes en aristas, esquinas de luz
y sensación de vértigo.

De lo grande que eres me das miedo,
a mí que veo el mundo
como la pelotita azul de cuando era pequeño.

Mal de altura

Hay pájaros
que solo anidan
en las nubes.

12 de octubre de 2012

Bajarse los pantalones

Once y media de la noche, suena el timbre. Abro la puerta, por qué no.
  -Cada vez que tengo un problema, me bajo los pantalones -y sin titubeo alguno dejó caer sus pantalones hasta los tobillos. Sus calzoncillos eran ridículos y viejos, pero el tipo en cuestión miraba con valentía desde las profundidades de su anchísimo traje barato. Una nota de ligera desesperación.
Tras unos segundos de estupefacción, le invito a pasar al estudio. Podría haberlo despachado con una frase del estilo de ''pida usted cita y venga dentro del horario'' o ''no esté usted tan rematadamente loco", pero la verdad es que me sentía profundamente intrigado por su comportamiento. Además, era evidente que necesitaba atención literaria. Se subió los pantalones. Tomé mi libreta.
  -¿Y dice usted que siempre hace eso, lo de bajarse los pantalones, cuando tiene un problema? - pregunté, una vez que me hube repuesto de la impresión inicial.
  -Siempre. Sea cual sea la situación.
  -Y ha venido a que le corrija esa costumbre, naturalmente.
  -No es ese mi propósito, no. He venido a que me ayude con un problema. Por eso me he bajado los pantalones. ¿Es necesario que..?
  -No, no, no; no se preocupe -interrumpí ante su ademán de volver a bajarse los pantalones. Ha quedado perfectamente claro que tiene un problema. Cuénteme, ya sabrá que no hay ninguna intriga que no pueda solucionarle.
Se llamaba Marco. Me contó acerca de un desengaño pasado, de lo itinerante de sus trabajos; y sobre todo de su coqueteo reciente con la bebida causado por la muerte de un familiar. Yo mientras tanto fantaseaba con su exhibicionismo casi patológico. ¿Sería un acto de rebeldía ante las restricciones sexuales que sufren los personajes en su día a día? El componente erótico me tenía fascinado. Confesaba mientras tanto que nunca antes había acudido a una clínica literaria, ya que le gustaba la idea de llevar una vida de persona; cargando mejor o peor con los acontecimientos y sin poder dar nunca marcha atrás. Pero no podía más. Dibujé un par de pollas en la libreta. Me aburren los dramas.
Acabó por pedirme que le cambiara lo menos posible. Que le escribiera alguna novia y un viaje modesto a un sitio barato. Lo justo para ir tirando. Me dejó sus descripciones sobre la mesa y adelantó que no podría pagarme el importe íntegro de mi servicio. Claro que no, ninguno puede. Silencio. ¿Bajarse los pantalones teniendo frío es más reivindicativo? Pongamos, por ejemplo, bajarse los pantalones en una cárcel de Siberia. Pero finalmente creo que es un acto de sumisión. Algo así como el consumo. Nadie viene aquí si le queda dinero. Así que, decidido al menos a satisfacer mi curiosidad, le pregunté:
  -Oiga, y eso de bajarse los pantalones...
  -¿Si?
  -¿Cómo le ayuda exactamente a solucionar sus problemas?
  -No me ayuda en absoluto a solucionar mis problemas. A lo único a lo que me ayuda es a diferenciar entre un problema y una dificultad.
Y ante mi gesto de incomprensión, completó:
  -Verá, no es un problema tan grande si no estoy dispuesto a hacer el ridículo por solucionarlo.
Y en ese momento se marchó, dejándome tan confundido como al principio. Me acuesto y no me duermo. Sigo pensando en pantalones. Pantalones grandes y pequeños, anchos y ajustados, nuevos y desgastados. Comparo modelos de pantalones liberales y comunistas, masificados y artesanales. Ese tipo era realmente peligroso. Una civilización entera bajándose los pantalones ante los problemas: imagine el poder que le otorgaría a las compañías el contar con una mayoría social nudista y sumisa. Desvarío. Cuento pantalones.
La una y la una y media y las dos y las pernera y media. Sé que no tengo cita previa, y que seguramente vengo fuera de horario de emisión y que solo habrá teletiendas y porno socarrón, pero enciendo la tele, y la tele me abre la puerta y dejo que me reescriba. La miro desde las profundidades de mi anchísimo pijama barato.
Ya de madrugada despierto en el sofá con el impulso irracional de bajarme los pantalones y de comer algo en un McDonald's. En ese momento, tiro la televisión por la ventana y salgo corriendo a la biblioteca de guardia más cercana para leer algo de Huxley o de Orwell.

2 de octubre de 2012

Harakiri

I
Hundir
tus labios
bajo mi vientre.

II
Llevarme tus labios
al Otro Lado,
escondidos bajo mi vientre
que no es ya
sino el escombro de mi vientre.

III
Encender
-los
labios.

IV
Mishima
entiende mi poema;
todavía en algún lugar,
entre la furia de los mares.

Subjetivismo

Veo estáticas
las hojas que caen.

Entonces comprendo
que
caigo con ellas.


26 de septiembre de 2012

Interpretaciones

I
Inspiración
abandonando
el folio.

II
Inspiración
abandonando
el capullo.

III
I. abandona
su cuerpo
(el tuyo, el nuestro,
                       el vuestro)
como piel muerta.

IV
I. mirando
I. su próxima
                ¿víctima?
I. su próxima
                ¿victoria?

Atrévete a ser capullo.

V
Atrévete a ser, capullo.



22 de septiembre de 2012

19 de septiembre de 2012

Las pilas

El otro día fue el cumpleaños de mi primo. Seis años, reunión familiar. Croquetas, niños huracanados; ya saben, nada fuera del protocolo. Pero aún así ocurrió algo que me hizo pensar.
A lo largo de la tarde fueron llegando desordenadamente familiares y adyacentes con sus regalos reglamentarios. Unos traían juguetes horribles, ruidosos y caros. Otros tan solo traían juguetes horribles, casi seguramente por falta de presupuesto. Yo venía de la Universidad totalmente impresentable -lo que quiere decir que no había traído ningún presente- y sentí la necesidad de pasar la tarde jugando con los niños, como para compensarles o como para quitarme de encima todo aquel cientificismo raquítico que traía del campus.
A eso de las ocho y media llegó el último de los invitados, un joven piloto que es la nave insignia de la familia. Todo en su vida era despampanante, y trajo, como no podía ser de otra forma, un regalo despampanante: se trataba de un ferrari radiocontrol rojísimo y superprovocativo. A mi primo casi le da un infarto. Claro que el coche necesitaba pilas, y mientras las buscaban, decidí enseñarle a los pequeños que el mando del coche no solamente era el mando del coche.
Les enseñé que el mando del coche podía ser el mando de la estantería o de las persianas o de los coches que pasaban por la carretera. Les enseñé que el mando tenía el poder de hacerme imitar toscamente a un robot controlado por un niño de seis años -enfin, el amor- y que podía también ser el mando de los invitados ahora mismo, en esta misma habitación, y al instante siguiente asumir el control de un ser inverosímil, quién sabe en qué Universo.
Aquel mando era el mejor juguete del mundo. El coche tampoco estaba mal, pero caray, señores, el mando podía controlar cualquier cosa. Eso era mejor que una bañera llena de chocolate, y ellos lo sabían. Aunque lo olvidaron inmediatamente. Porque en ese instante llegó el piloto con sus pilas nuevas y rompió el mando con las pilas. Yo supe que se lo había cargado cuando vi encenderse los faros del coche y empezaron a girar sus ruedas, trayéndolo y llevándolo inútilmente hacia delante y hacia atrás.
Este suceso me hizo preguntarme si no habrá, como en este caso, un piloto detrás de todas nuestras distracciones. El coche por fin funcionaba, pero... ¿y todo lo demás?


16 de septiembre de 2012

No te describiré en estos versos

No te describiré en estos versos.

El adjetivo es una efigie hermética
y yo te quiero ver vagar libre,
libre por las imaginaciones;
y quiero ver esas imágenes de ti,
de tu ego fuera de ti en otras mentes,
abstracta y etérea
como los aires de tormenta.

Quiero enarbolarte
prendida de un susurro
que llamen mi poema,
y que seas como un misterio:
dentro de los rumores
que te imaginen sin miedos
ni vanidades,
perenne y divina,
duradera y sencilla.

Para después,
firme ante el fracaso
extinguir tu símbolo,
y pese al asombro de las multitudes
presentarte de mi mano,
ni tan preciosa
ni tan perfecta;
temblando y como una llama
mostrando a cada segundo
nuevos brillos y nuevas sombras;
y aquel mohín tuyo
que odio y que adoro
y que algún día acabará conmigo.

No te describiré en estos versos
porque sería como vestirte con la piel de una estatua
y proteger a quien te imaginare de tu humanidad;
y yo te quiero hiriente y desnuda,
y cambiante
y libre.

13 de septiembre de 2012

8 de septiembre de 2012

Versos para mi epitafio

Si finalmente me mata fascinarte,
que me entierren en tus caderas;
mujer que con canción en los labios
rasga la noche y el poema.

31 de agosto de 2012

Treinta y tantos

Y una vez más la nada.

Los fósforos decapitados.

La niebla.

Un traje nuevo,
el terror.

El misterio del traje nuevo.

La sala de espera
del crematorio.

Número treinta y tantos.

La ciudad que avanza lenta,
atravesando el río.

26 de agosto de 2012

La gravedad

Caer a través.

Caer como quien cae hacia un pronombre,
un qué, un alguien, un ningún.

Caerse de los cines y de los templos;
caerse de los paseos y de las vías,
de los parques y de las líneas de autobús.

Creerse la macroeconomía
mientras se cae.

Olvidar la residencia en las nubes
y perder el sujeto de los versos cayendo.

Dejar vacío el pedestal de la cordura,
romperse hasta los abandonos con la caída.

Rodar sábanas abajo.

Caer música arriba.

Aplicar
la gravedad
a tus zapatos de baile.



25 de agosto de 2012

Ruido blanco

Llegó el incesante
matraqueo de los engranajes,
no en coches
no en aviones
no en relojes
no en sofisticados aparatos;

aunque
sí en coches
sí en aviones
sí en relojes
y en sofisticados
e inútiles
aparatos;

pues el estertor impúdico
que acabó con las aves
y relegó a las plantas al reino del olvido
provenía
del pecho de los hombres.